Sobre eso de ser “apolítico”

Redacción MG/ ZL

Nací y crecí en Venezuela, un territorio tan maravilloso como caótico, en el que pude escuchar innumerables veces como muchos se atribuían el adjetivo “apolítico”, incongruentemente a la realidad país.

Incluso recuerdo haber utilizado el término un par de veces para señalar mi posición ante lo que ocurría, algo bastante irrisorio considerando que desde el colegio he asistido a reuniones, concentraciones y marchas en contra de la postura del gobierno y sus reprochables medidas.

Es que al ser venezolano, no te permites desaprovechar momentos para conversar y discutir sobre política, inclusive desestimas la opción de desentenderte de situaciones injustas y que vulneran los derechos, especialmente cuando también te han afectado a ti y a tus seres queridos.

He sentido decepción, fragilidad y cólera, hasta he llegado a somatizar mi caos, el cual me ha generado leves jaquecas que se agudizan cada vez que escucho o leo “democracia”, “gobierno de derecha”, “gobierno de izquierda”, “socialismo del siglo XXI”, “intervención”, “bloqueo”, “Trump”, “Putin” y sobre todo “Chávez” y “Maduro”.

Sin embargo, ser venezolana y experimentar en carne propia tantas injurias no me han formado como una experta en política, de hecho, a veces he caído en la trampa de discutir temas sin conocerlos a profundidad, acurrucándome en el flojo argumento de que vivir en Venezuela (dentro de los últimos decadentes 20 años) te da un grado de autoridad para expresar (visceralmente) tu opinión acerca de los líderes y sistemas políticos a nivel mundial.

Entre conversación y conversación, llegó el día del quiebre, aquel momento donde un compañero de trabajo me dijo “¿para que molestarse? de igual forma todos son corruptos y no podemos hacer absolutamente nada. La política simplemente es sucia, por eso soy apolítico”. De verdad por algunos segundos pensé que esta sufriendo una apoplejía, esa desgraciada palabra paralizó mis músculos y me quitó el habla (algo bastante difícil en mi), me descolocó. Una vez que mi sistema se reinició, solo puede responder “tienes razón”.

Después de ese día, estuve reflexionando noche y día, dándole vueltas a la idea, cuestionándome y cuestionando la política, la democracia, la libertad y la participación. Me negaba a creer que todo estaba dicho y que como ciudadanos nos tocaba adaptarnos y guardar silencio. Así estuve un período, hasta que la conocí (espero puedan captar el romanticismo con el que evoco este momento), hasta el día que leí por primera vez acerca de Hannah Arendt.

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Su biografía fue la primera en atraerme: una judía alemana en plena Segunda Guerra Mundial interesada en la teoría política. Simplemente ¡Maravilloso!-pensé- sin embargo, después de una prolongada búsqueda (incentivada por un proyecto universitario), fue su obrar tan consecuente lo que me enamoró. Arendt fue una fiel detractora de los totalitarismos y sinceramente.. .¿cómo no serlo?

El hecho es que Arendt respondió a mis cuestionamientos y con ella resurgieron mis esperanzas en la política y entendí que el problema no es la política en sí, sino lo que hemos decidido entender o desentender de ella.

Y es que para la autora alemana, la política es sinónimo de acción, acción que arraigada en la pluralidad, supondría la manifestación ciudadana de la libertad a través del debate público. Una visión bastante sencilla y práctica, que muchos desecharon por considerarla utópica y fuera de contexto.

Más allá del tema filosófico, la intervención de innumerables teorías y mi vago resumen de sus propuestas, Arendt me demostró que lo que actualmente identificamos como política, incluso nuestra postura ante ella, es un sacrilegio. Hemos estado desestimando y violentando nuestros propios derechos y, como para rematar, hemos querido hacer responsables a otros de nuestros deberes ciudadanos, excusándonos con el desfachatado argumento de que somos “apolíticos”.

Después de darme toda la vuelta del mundo, de contar un par de anécdotas y de hacer público mi amor por Hannah Arendt, hoy por hoy puedo responderle a mi compañero con convicción que ser ciudadano no se remite a consumir beneficios del Estado, como ciudadano tenemos el deber de participar, informarnos, de opinar y de actuar, porque si tenemos tantas quejas también tenemos que tener el valor para levantar la voz y “hacer”, porque la jugada más sucia como miembro de un Estado es desentenderse de lo político.

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